Para comprender que circunstancias rodearon la creación del Autòdrom Terramar, debemos adentrarnos en la historia de la tierra y la gente a la que pertenece. Por ello, debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Cómo era la Catalunya de principios del siglo XX?

Bulliciosa, festiva y cambiante, sobretodo cambiante, así era la Catalunya de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Barcelona, la capital de la región, es el mejor ejemplo de esta metamorfosis. La ciudad condal se encontraba en plena efervescencia modernista gracias al trabajo de genios de la talla de Josep Puig i Cadafalch, Lluís Domènech i Montaner y, como no, del gran Antoni Gaudí. Esta explosión cultural se producirá a la par que la revolución industrial, a resueltas de lo cual, nacerá una nueva burguesía dispuesta a gastar ingentes cantidades de dinero en ocio. En este entorno de dispendio y cambio, deportes como el fútbol, el hockey, la hípica y las carreras de coches, parcialmente desconocidos hasta entonces, cayeron en la cultura catalana como una bomba atómica. Barcelona, sin embargo, no fue la única beneficiada de estos cambios. Sitges, ciudad de veraneo de la burguesía barcelonesa, acogió de buen grado los caprichos de una clase social que nunca tenía suficiente.

Es en esta época en la que nace Frederic Armangué i Feliu, o Frick como le gustaba que le llamaran, un hombre que, con el paso de los años, devendría trascendental en la historia del automovilismo en Catalunya. El piloto barcelonés provenía de una pudiente familia de médicos aficionada al mundo del motor. Su hermano menor, Josep María Armangué, fue un destacado piloto, diseñador y empresario del mundo motor, y su otro hermano Lluís, llegó a ser miembro de la junta directiva de la Penya Rhin, un importante club automovilístico barcelonés activo entre 1916 y 1954. Juntos, los hermanos Armangué fundaron David, una empresa constructora de automóviles con sede en la capital catalana que llegó a fabricar más de un millar de vehículos, cifra nada desdeñable para la época. Sin embargo, el fallecimiento prematuro de Josep María, cerebro de los diseños de la empresa, acabó por provocar la desvinculación de la familia Armangué con la empresa.

A pesar de que ya existían varios circuitos de carreras a lo largo de toda la geografía catalana –como el Circuit del Baix Pendès, fundado en 1906-, el país todavía soñaba con un circuito oval como los que habían creado tanto furor en Brooklands y Monza. Como no podía ser de otro modo, la iniciativa nació de un Armangué, de Frick concretamente, quien, de la mano de un joven arquitecto barcelonés llamado Jaume Mestres i Fosas, dejó una huella imborrable en el panorama automovilístico mundial. Pero esa es otra historia…