A lo largo de su historia, España ha sido una nación pionera en lo que se refiere a los medios de transporte. Bien conocidos son, por ejemplo, los revolucionarios inventos de Juan de la Cierva o Narcís Monturiol. El primero inventó el autogiro, el precursor del helicóptero moderno, en 1923, mientras que el segundo diseñó el Ictíneo II, el primer submarino autopropulsado de la historia, en 1864. Lo que desconoce la mayoría es que nuestro país también tuvo sus pinitos en la historia del automovilismo mundial…

Tras la experiencia del triciclo Bonet (el primer vehículo propulsado por un motor de combustión interna fabricado en España), en 1904, los empresarios catalanes Damià Mateu Bisa y Francisco Seix Zaya fundarían en Barcelona, junto al ingeniero suizo Marc Birkigt, la célebre marca de coches Hispano Suiza que, en apenas unos años, devendría una referencia a nivel internacional. Sus vehículos fueron premiados allá donde fueron y sus motores especialmente elogiados. Durante la primera guerra mundial, la marca desarrolló motores para la aviación que el ejercito francés integró en sus aeronaves. La empresa llegó a fabricar en Francia cerca de 50.000 motores para aviones, llegando a ser ésta su principal fuente de ingresos durante la contienda. De hecho, finalizado el conflicto, el estado francés llegó a querellarse con la empresa catalana bajo el pretexto de que ésta había acumulado una ingente fortuna en tiempos de guerra.

En 1919 la marca presentó su modelo de coche H6-32 CV en el salón del automóvil de París. Se trataba del primer vehículo de su clase con servofreno, lo que llegó a forzar a gigantes del sector como Rolls Royce y General Motors a comprar la patente. Como no podía ser de otro modo, tenemos constancia de que la marca estuvo en el Autòdrom Terramar merced a su H6C, uno de los coches más rápidos de su género durante los años 20. Para aquella época, la marca se encontraba en su máximo esplendor…

Como ocurre siempre, todo gran ascenso viene sucedido por una gran caída… Así, en 1946, el régimen franquista nacionalizó la marca y la integró en el Instituto Nacional de Industria, en “un esfuerzo por maximizar la eficiencia de la producción nacional”, poniendo punto y final a un proyecto que había logrado hacerse un hueco entre los más grandes en apenas unos años.